Según mi padre, el
científico e investigador Jorge Serrano, el tiempo es inalterable y no es
intangible. Él pensaba que el tiempo, fuera de la simple constante de algo que
marca el transcurrir de las horas o el deterioro de la materia, era una línea
recta conformada por pequeñas líneas que se acomodaban de manera paralela entre
sí. Cada pequeña línea era un acontecimiento; un momento; un instante.
Según sus
publicaciones, la línea del tiempo ya estaba trazada. En sus postulados, planteó un ejemplo: desde el inicio del universo, hasta el final del mismo, la línea está
hecha. El tiempo es inalterable. Si tomamos las pequeñas líneas que conforman
la extensa línea horizontal del tiempo y las colocamos una sobre otra, formando
una línea vertical, se comprende mi teoría del tiempo constante, concluyendo
que todos los momentos que acontecieron, acontecen y acontecerán, suceden todos
al mismo tiempo, en una constante.
La comunidad
científica rechazó la teoría con burlas, “una ridiculez” decían. Así que puso
manos a la obra. Trabajó para transformar la teoría en ley. Debía obtener la
prueba que confirmara lo escrito en sus publicaciones. ¿Cómo demostraría éste
hecho? Con un invento. Una creación nunca antes vista: el Monocrono. Un aparato
capaz de mostrar los sucesos del tiempo al instante, tanto pasados como futuros
y los presentes. Según sus estudios –nunca publicados. –El aparato debería
tener la capacidad de acceder a cada línea pequeña; a cada suceso en la línea
temporal. Ser el Gran Hermano de la
Historia. Claramente, llegar a éste resultado ameritaba un esfuerzo titánico;
imposible ante una opinión común. Pero mi padre no tiró la toalla e invirtió
todo el tiempo de su vida en poder crear el Monocrono.
Mi madre lo
acompañó cada día. Ella contaba que prácticamente se habían mudado al
laboratorio de mi padre, dónde él no se movía de su escritorio, trabajando de
sol a sol. Una búsqueda exhaustiva por los confines teóricos y la ciencia.
Un día, “ese
milagroso día” dice mi madre, finalmente lo logró. Mi padre creó el Monocrono.
Pero a un alto costo, pues la fatiga y los veinte años de trabajo e
investigación dieron por terminada su vida; justo cuando el invento había sido
creado, cuando había cumplido su cometido. Mi madre nunca hizo público el
invento después de eso.
Poco después nací
yo, cuando mi madre se hallaba viviendo en casa de mis abuelos, de regreso a
una vida hogareña y de rutinas en el exterior, fuera de ciencia, fuera de
inventos. La verdad no sé si mi madre respiró con alivio cuando mis aspiraciones
resultaron alejadas de las ciencias –aunque mantuviera un promedio perfecto en
la materia toda mi vida. –Lo mío se orientó más por lo artístico. Pintor.
Yo tenía diez años
cuando mi mamá me contó la historia de mi padre, y como regalo de cumpleaños me
obsequió el Monocrono. Es una placa redonda de algún metal que desconozco, dos
asas a los lados para sostenerla frente a ti y un bloque detrás de aquella
placa redonda, llena de todo el sistema que hace funcionar al aparato. En cuánto
la sostuve, la máquina encendió y mi rostro reflejado en el metal se convirtió
en la era jurásica; un campo abierto ubicado en algún lugar de Pangea, con
bellísimas criaturas de sangre fría merodeando. Desde entonces la televisión se
quedó pequeña en comparación al Monocrono. Cientos de momentos históricos
vistos tal cual fueron, recuerdos de las vacaciones sin necesidad de utilizar
una cámara de video. 13 761
millones de años de historia en mis manos.
Crecí. Estudié arte, y mis obras ganaron popularidad gracias
a los hermosos paisajes del universo que el Monocrono me proporcionaba.
Asientos en primera fila para ver el nacimiento y muerte de las estrellas, las
nebulosas desde una perspectiva única. Retratos históricos “sorprendentemente
precisos” sobre acontecimientos importantes, en fin, mi eterna musa, aquél
invento. Mi eterno apoyo, mi madre.
Falleció anoche. Hoy es su funeral. Estoy sentado en la mesa
del comedor, vestido con una camisa y pantalones negros. La veo a ella en la
pantalla del Monocrono; su rostro sonriente al verme en la obra de teatro
escolar, su fiesta de quince años bailando el vals con mi padre. Las lágrimas recorren
mis mejillas, no sollozo, no hago ruido; sólo dejo que las lágrimas broten y se
deslicen. Tomo unas cuantas servilletas de la mesa para secar mi rostro y así
poder seguir con la tortura de la melancolía del inalterable tiempo.
Ella nunca quiso usar el Monocrono, me decía que prefería
prestar atención al presente. Entendía su postura, pero mi curiosidad siempre
fue más. No obstante, nunca quise ver al futuro. La idea de la línea constante
e inalterable me genera escalofríos, pues, quiere decir que lo que está
sucediendo ya estaba pasando desde antes, y lo antes vivido no era más que la
preparación de lo que viene; así una y otra vez. Incluso la creación del
Monocrono debe estar sujeta a la regla del tiempo. Cuando pienso en ello, en lo
ya establecido de nuestras vidas y la nula capacidad de poder cambiarlo, mi
alma sufre, porque significa que, aunque la ciencia pudiera crear una máquina
del tiempo, no podría prevenir a mi madre de la enfermedad que daría fin a su
vida. No habría forma de traerla de vuelta. Su destino siempre fue morir así;
incluso en aquél instante de su nacimiento, la pequeña línea que pertenece al
momento de su deceso estaba en reproducción simultánea; el primer y el último
aliento resonando en la historia al unísono, siendo parte de un todo.
Tocan el timbre de
la casa. Me levanto de la mesa, abro la puerta de un mueble cerca del comedor y
guardo el Monocrono en el interior. Camino hacia la puerta principal,
recorriendo la sala adornada con algunos de mis cuadros. Abro la puerta. Melissa,
mi novia, está cruzando la cochera hacia mí. La luz de la mañana se refleja en
la banqueta con intensidad. Ella lleva puesto un vestido negro; su cabello
lacio y castaño bien peinado. Sus ojos color miel me miran con tristeza, se
acerca a mí y me da un abrazo.
–Hola, mi amor.
–Me dice con voz cálida. –Perdona la tardanza; tenía que dejar todo en orden en
la oficina para que no me molesten el resto del día. –Se separa y acaricia mi
mejilla con suavidad. Yo le sonrío y digo que entiendo, que no hay problema. Le
pido que me permita un momento, entro a la casa y tomo mi saco. Regreso. Ya
estamos listos.
Cierro la reja de
la cochera y ambos subimos a su auto. No tengo ánimos de conducir. En estos
momentos me cuestiono si contarle a Melissa sobre el Monocrono. Los únicos que
sabíamos de su existencia éramos mi madre y yo. La duda permea mi mente. No
tengo energía para pensar en esto, pero al parecer mi cerebro lo considera
importante.
Viajamos en
silencio hasta el lugar del funeral: un jardín de una casa funeraria en el
centro de la ciudad. Somos los primeros en llegar.
Poco a poco, los
conocidos de mi mamá aparecen y me dan el pésame. El jardín se llena pronto.
Todos vestidos de luto.
Pláticas
silenciosas, miradas tristes y un ambiente cada vez más frío, mientras las
nubes van cubriendo el cielo. Me pongo el saco para cubrirme del viento. No
dejo de tomar galletas de la mesa de bocadillos, comer suele relajarme en
momentos donde un pincel no está a mi alcance. Al menos cuento con una pluma,
la que utilizo para dibujar sobre una servilleta mientras estoy sentado en una
de las mesas. Del otro lado del jardín, Melissa es quién recibe a las personas
que van llegando a dar condolencias.
Mientras dibujo un
reloj que toma la forma de una galaxia sobre la servilleta, sigo pensando si
debería contarle del aparato a Melissa. Me cuestiono, como consecuencia, qué
tan buena idea sería revelarle al mundo éste invento, ¿qué tanto pasaría ante
tal acontecimiento? Mi madre aseguraba que el mundo no estaba listo para el
Monocrono, “es algo que supera a cualquiera, hasta a su propio creador”. Y, al
observar a la gente que va llegando a este lugar; cómo son, de cierta forma,
simples, sin cuestionarse a cerca del paso del tiempo, de la importancia de un
plazo transcurrido y un destino ya existente, me doy cuenta: todos –o al menos
la mayoría –Prefieren creer que pueden cambiar su destino, que sus decisiones
importan. No les agrada la idea de pensar que todo lo que sucede estaba
predestinado a pasar; quieren tener el control. De forma cómica, sea cual sea
la decisión que tome, ya la había tomado en el futuro. Sea cual sea el resultado,
es lo que debe suceder. Ahora, sentado en el funeral de mi madre, observando a
estas personas y pensando en la propia muerte, considero que no están listos,
ni lo estarán en mucho tiempo.
Pero quizás ella
sí.
Un hombre viejo
llega al lugar y saluda a Melissa. Me parece familiar. Ella lo acompaña hasta
donde estoy sentado y me pongo de pie para recibirlo.
–Buenas tardes,
señor Serrano. Mis condolencias. –Dice el tipo y estrechamos nuestras manos.
–Le agradezco.
–Digo. –Perdone, pero, ¿lo conozco? ¿Conocía a mi madre?
–Era un buen amigo
y colega del Dr. Serrano. Fui el único en apoyar su teoría del tiempo
constante. –Me dice con su voz grave y ronca. –Sé que usted no es una persona
de ciencia, he visto el arte que hace y me parece sublime. Es un gusto
conocerlo.
–Lo mismo digo,
señor…
–Doctor. Dr. Emanuel
Corrales. Para servirle. –El doctor me entrega su tarjeta. –Bueno, su madre era
una mujer entusiasta y simpática. Siempre estuvo al tanto de lo que el Dr.
Serrano y yo hacíamos. Fue, además, un gran apoyo para él durante toda su vida.
Y aunque sus investigaciones y teorías terminaran en nada, considero que era
una de las mentes más brillantes que haya visto este país.
–Gracias, doctor.
–Digo, esperando por fin dar por terminada la conversación. –Si gusta pasar, de
aquél lado hay bocadillos. Le recomiendo las galletas, están buenas. –El Dr.
Emanuel asiente, agradece y pasa adelante. Le entrego la tarjeta del doctor a
Melissa, no quiero involucrarme con el pasado de mi padre. Ella me da un
delicado beso en los labios y vuelve a su lugar en la puerta. Yo me siento de
nuevo y observo el dibujo en la servilleta.
De regreso en mi
casa. Melissa está preparando chocolate caliente y yo espero en la sala, frente
al televisor. Un catálogo de películas y series son plasmados en la pantalla.
–¡Vaya! Me quedó
delicioso. –Dice mi novia al acercarse a la sala con dos tazas servidas en las
manos. –Mucho mejor que ese café del asco que tenían en la funeraria. –Se
sienta a un lado mío y me ofrece la taza. De verdad que le quedó delicioso.
–¿Ya decidiste? –Me
pregunta. Niego con la cabeza. Tras un pequeño silencio, dejo el chocolate
caliente sobre la mesa y me pongo de pie. Melissa se extraña y me sigue con la
mirada, hasta que llego al mueble del comedor. –¿Qué pasa? –La miro a los ojos.
–Voy a mostrarte
algo. –Respondo finalmente.
No fue una buena
decisión.
Tras revelarle el
Monocrono y contarle la historia del mismo, Melissa, ya habiendo superado la
sorpresa inicial, me consideró una persona egoísta al privar a la humanidad de
tal descubrimiento. ¿Egoísta?
La noche nos
encontró discutiendo sobre el tema.
–El mundo no está
listo, Melissa.
–Tú no eres quién
para decidir eso.
–Soy el hijo del
creador. Mi madre tomó esa decisión mucho antes y tenía razón. Y ahora que no está,
la respetaré, el Monocrono se queda en secreto. Punto.
–Increíble. –Dice
negando con la cabeza.
Hay un silencio
sepulcral. El rechinido de la silla cuando ella se levanta rompe la quietud del
sonido. Se va de la casa. Yo me quedo sentado. El Monocrono al centro de la
mesa. Mi mente hecha trizas. Debí dejarlo en secreto, nadie está listo para
esto. No hay nadie preparado para afrontar la realidad del tiempo. Será mejor
que me vaya a la cama, no necesito más conciencia sobre la situación. Sólo los
sueños me hacen sentir que el paso del tiempo no importa.
Subo las escaleras
hasta mi habitación. Me retiro los zapatos y mi cinturón, para después cubrirme
con las cobijas. Peleo por dormir al instante, pero me cuesta conciliar el
sueño. Tal vez sólo necesita asimilar la situación. Tal vez esté de regreso por
la mañana. Entra la tentación de revisar el Monocrono y ver ocho o diez horas
al futuro, esperando ver que vuelve y que compartiremos el secreto. Pero no,
debo dormir, no debo ver el futuro, por más inalterable que sea, no debo. “Concéntrate
en el hoy”, como mamá, relajado, la línea vertical del ahora es lo que importa.
Sólo eso. Sólo… eso… Importa.
Me quedo dormido.
Abro los ojos. No
hay nadie a mi lado. Me levanto y froto mi rostro. Bajo las escaleras descalzo,
el canto de las aves atraviesa las ventanas y llenan el espacio silencioso de
la casa. No hay rastro de que regresara. ¿Guardé el aparato? Creo haberlo
dejado sobre el comedor. Pero sobre la mesa no hay nada. Me quedo congelado. Debí
guardarlo, no recuerdo. Camino apresurado hacia el mueble y abro la puerta.
Vacío. El Monocrono no está.
Tomo mi teléfono
de prisa y llamo a Melissa. No contesta. Carajo.
Marco de nuevo.
Nada.
Una vez más. Aún
nada.
Lanzo el celular
con rabia.
–¡Mierda! –Grito,
se desgarra mi garganta. Cierro los ojos. ¿Adónde pudo llevarlo? ¿Dónde puede
estar? Debo salir a buscarlo.
Tomo mis llaves,
levanto mi ahora estrellado celular y salgo de la casa. Aún descalzo, subo al
auto y arranco. Empezaré por casa de sus padres, donde actualmente vive. Si no
está ahí, ellos deben saber algo.
Conduzco sin
precaución, no puedo pensar con claridad. Necesito llegar. No queda muy lejos,
quizá puedo evitarlo. Tengo que
evitarlo; no deben saber del Monocrono.
He llegado. El
auto de Melissa está estacionado afuera. Me pongo detrás y bajo del vehículo.
Los padres salen de la casa, debí hacer ruido al llegar y salieron al reconocer
mi coche. Se ven asustados. Están parados al pie de la entrada, expectantes. Yo
me comienzo a acercar, cuando Melissa sale de la casa, enfurecida, con el
Monocrono en sus manos.
–Devuélvemelo.
–Digo de inmediato al verla. Sus padres intentan detenerla, pero ella los pasa de
largo y se acerca.
–¿Qué le hiciste?
–Pregunta. No la entiendo. –Quedé en ridículo ésta mañana. ¿Qué le hiciste a
esta cosa? ¿Es real al menos?
–¿De qué carajos
hablas? ¿Se lo mostraste a alguien más? –Mi corazón late de forma desesperada.
No he llegado a tiempo.
–Fui temprano con
el Dr. Emanuel. Le comenté por teléfono que tenía las pruebas que confirmaban
la teoría de tu padre. No funciona, Alejandro, este aparato no funciona.
¿Quisiste verme la cara? ¿A caso querías probarme o algo?
–¿A qué te
refieres con que no funciona? –Le digo, arrebatándole el Monocrono de las
manos. Sostengo las asas y observo la placa metálica, alejándome de Melissa. La
imagen de mi cumpleaños número siete aparecen en la máquina. Melissa observa
sobre mi hombro.
–Pues funciona.
–Digo sin desprender los ojos del recuerdo. Escucho que ella susurra un “no lo
entiendo”. Entonces me volteo hacia ella.
–¿Dices que no
funcionó cuando se lo mostraste? –Ella niega con la cabeza.
Hay silencio. Esto
es extraño.
Tomo una decisión:
doy media vuelta y me dirijo a mi coche. Abro la puerta trasera y dejo el
Monocrono.
–Al… –Llama
Melissa. Tiene los brazos cruzados y una expresión de preocupación; como si
quisiera estar molesta, pero lo único que siente es miedo. Abro la puerta del
piloto, aún con mi mirada puesta en su semblante. Ella se mueve hacía el
frente, titubeante, reprimiendo los pequeños pasos.
–Puedes venir si quieres.
No me importa. –Digo al fin y entro al auto. Ella sube justo cuando enciendo el
coche. Conduzco.
Mentí, claro que
me importa que venga. La necesito; su presencia, su apoyo. Su mera existencia
es necesaria para que pueda sentir que sigo respirando. La perdono por lo que
intentó hacer. No se lo digo, pero la perdono… Y entiendo sus intenciones que,
por más estúpidas que me parezcan, son razonables, supongo. Ni siquiera puedo
seguir pensando en lo ocurrido; sólo lleno mi mente de preguntas sobre el aparato:
¿Qué le sucede? ¿A qué se debe el fallo esta mañana? Y Melissa, como si
escuchara mis pensamientos, pregunta con voz tímida: “¿Estará ligado con el ADN
de tu familia? ¿Será eso?” Levanto la mano para volver al silencio. No despego
la mirada del camino, supongo que entiende que no quiero discutir el tema.
En el llavero que
cuelgan del volante hay una llave que nunca he usado; una que sólo cargo
conmigo por el mero hecho de que pertenecía a mi padre. Aquella pieza de metal
muy distinta de las demás, con un cuerpo largo y cabeza ovalada, de dientes
curvos, repica con el movimiento del auto, danzando con las demás llaves colgantes.
Suenan cada vez más fuerte en mi cabeza. Aumenta el volumen mientras la
velocidad del auto desciende y, cuando estamos inmóviles y el tintineo calla,
observo aquél portón azul que sólo vi una vez en mi vida, cuando mi madre me
dio el obsequió y dijo “con esto podrás entrar al laboratorio de papá”. Fue un
año después de recibir el Monocrono. Esa vez respondí que entraría en otro
momento. Vaya que me he tomado mi tiempo.
Ambos frente al
portón. Con mis pies descalzos tocando el suelo, sostengo el Monocrono en mis
manos y Melissa sostiene la llave. Sus ojos me dicen que respire, que no estoy
solo. Y mientras el cerrojo es abierto por ella, yo tomo la última bocanada de
aire exterior, pues, un artista y una abogada no encontrarán respuestas tan
rápido en el mundo de un científico. Probablemente nos espere un largo tiempo
perdidos entre cosas que no entendemos.
Un pasillo tan
ancho como el mismo portón, con una extensión de unos cien metros nos dan la
bienvenida. Un viento frío escapa de su extenso confinamiento, como si fuera el
espectro de mi padre saludándome y abriéndome los brazos a su mundo. Todo aquello
que me espera al cruzar este gélido pasillo de concreto, es el lugar que vio
nacer el mejor invento de la humanidad y, así mismo, vio morir al hombre más
brillante que haya pisado la tierra.
Todo está oscuro.
Cuando el
interruptor de la luz es encendido por Melissa, puedo ver con claridad lo que
seguramente era el escritorio de mi padre; casi al centro de la habitación. El
laboratorio es más pequeño de lo que esperaba, pero la cantidad de cosas que
llenan el lugar hacen que sea tan grande como una estación de autobuses. Una
polvorienta estación de autobuses.
Avanzo y sin
querer golpeo un estante con frascos gigantes. Volteo para evitar que caiga,
pero el mueble es demasiado pesado y no cede al tambaleo.
–Es un congelador.
–Dice Melissa. Y en efecto: el estante no es estante, sino un gran congelador
con repisas y frascos del tamaño de un garrafón llenos con un líquido
desconocido. Dejo la curiosidad a un lado y, en lugar de husmear en el
congelador, doy media vuelta y camino hacia el escritorio. Melissa sí se
detiene a observar el mueble, pero la ignoro. Alrededor del escritorio hay un
mar de planos, hojas y cuadernos. Detrás del desastre de papel, hay una barra que
se despliega hasta la pared más cercana, lleno de piezas de metal, cables y
otras cosas que no identifico. No sé por dónde empezar. Me siento agobiado.
Coloco el
Monocrono en el suelo, recargado en un costado del escritorio, y me siento en
la silla de cuero café. Una nube de polvo se levanta cuando mi cuerpo se deja
caer. Mientras tanto, Melissa, sorprendida ante todo lo que el laboratorio
presenta frente a sus ojos, se acerca a mí.
–¿Qué procede?
–Pregunta.
–Buscar una
respuesta. –Contesto con nerviosismo. Sin más, ella empieza a moverse por el
lugar, levantando piezas, papeles y todo lo que se encuentra, inspeccionando
cada elemento con detalle y leyendo lo más rápido posible, pero tratando de
entender lo plasmado en las páginas. Yo, por otra parte, no me muevo del
asiento; mi mente no me deja tranquilo y mis músculos no seden. Tengo miedo de
buscar. Tengo miedo de saber. Pero debo hacerlo; tengo que empezar a querer ver
el pasado de quién nunca fue mi presente. Ahora entiendo por qué mi madre no
quería usar el Monocrono: cada pensamiento o sentimiento la llevaría a observar
el pasado con mi padre y recordar cuando el tiempo seguía siendo tan
desconocido como comprendido; cuando los enamorados sentían el tiempo
congelarse ante sus miradas y, así como yo me siento con Melissa, sentir que el
tiempo es de dos y no de todos; que el tiempo no es envejecer y morir algún
día, sino mirarse eternamente y encontrar compañía en el otro. Porque el tiempo
sólo nos observa y no interviene, porque sabe lo que pasará y no puede hacer
nada más que mirar mientras se consume él mismo ante la percepción de los
demás. Así que, debo ser la excepción y moverme para encontrar una respuesta,
para pronto, en la menor cantidad de líneas pequeñas, poder estar de regreso en
compañía de la mirada de Melissa.
Por dos semanas,
nuestros ojos han buscado información en lugar de buscarse entre sí. Nuestros
cerebros han querido entender las palabras en lugar de entendernos y nuestra
energía se ha focalizado en lo que hoy nos concierne, en lugar de contagiarnos
de dicha energía para seguir existiendo. Por dos semanas hemos estado
encerrados, así como mi madre y mi padre lo estuvieron años atrás. La
diferencia es que ellos crearon el rompecabezas, mientras nosotros tratamos de unir
las piezas.
Se podría decir
que me han salido raíces en el asiento por estar sentado aquí todo el tiempo,
sin pararme un segundo, durmiendo pocas horas; recibiendo toda clase de
documentos y objetos por parte de Melissa –cosas que consideraba importantes.
–Mientras yo intentaba comprenderlas más a fondo y completar el misterio. Pero
las palabras son muy confusas y los objetos me aportan la misma información que
una piedra.
Hay dos planos
básicos: el boceto del Monocrono, con sus especificaciones técnicas confusas,
que nos han servido de glosario para reducir el rango de búsqueda entre los
documentos, buscando las palabras clave. Y también están otros planos que no
comprendo, de algo que parece un cilindro gigante; por lástima, no contamos con
ningún glosario que nos ayude. No es más que el dibujo del aparato.
En los tiempos
muertos, cuando ya no podemos más y sucumbimos a la fatiga mental, observo los
dos planos sin pensar en nada en especial. Esperando que cobren voz y me
expliquen todo lo que necesitamos saber. Quiero entender, pero no lo hago. Es
demasiado.
¡No lo entiendo!
Me pongo de pie y
agito con furia los planos, en un arranque de desesperación. Los documentos
caen del escritorio, Melissa se acerca a mí y me sostiene. Intenta
tranquilizarme. Yo sigo observando el escritorio; mis ojos no se han despegado
de él en días y parece que me es natural observarlo, incluso un reflejo.
Melissa me mueve
un poco y se coloca enfrente mío. Acaricia mi barba y empuja mis pómulos para
que alce la vista y pueda caer en sus ojos. Me dice palabras que no alcanzo a
escuchar. Siento que me habla desde una gran distancia, pero la veo a pocos
centímetros de mi rostro.
Termina su frase y
me abraza, poniendo su cabeza contra mi pecho. Yo sigo viendo al frente con la
mirada perdida, buscando respuestas en el vacío. Pero encuentro mis ojos a lo
lejos. Justo al centro del laboratorio, veo mi reflejo en un polvoriento
cristal. Concentro la mirada y observo el cuerpo de Melissa y el mío en el
vidrio negro. Tomo de los hombros a mi novia y la muevo lentamente a un lado
mientras avanzo al frente. Paso sobre el escritorio gateando, sin quitar la
mirada de mi otro yo al centro del cuarto. Cuando estoy de pie otra vez,
observo mi cuerpo entero en aquél gran cilindro.
Cuando tengo el
vidrio más cerca, remuevo el polvo y observo este gran pilar.
–Es el cilindro.
–Dice Melissa desde el escritorio. Toma los planos mientras recorro el vidrio
con mi mano y llego al costado, donde siento una manija. La tomo con fuerza y
deslizo con delicadeza hacia un lado, provocando que el cristal curvo de vuelta
hacia el otro extremo, abriéndose al interior del contenedor: está repleto de
mangueras de plástico delgadas, parecieran intravenosas, pero no sé.
Melissa me llama
del otro lado, ha resuelto algo. Me doy la vuelta y me acerco a ella, que
sostiene dos planos en las manos: el plano del cilindro y aquél que descartamos
la primera semana: el esquema de un ser humano y su comparativa con un feto de
nueve meses. Ella coloca un esquema sobre el otro y el cuerpo humano encaja en
el dibujo del cilindro.
–Quizá tu papá
entro ahí y así perdió la vida. –Yo niego con la cabeza.
–No. –Digo. –No
cuadra con todo lo demás: sus notas indicaban que el tiempo es una percepción
humana solamente, así que se enfocó en intentar replicar la percepción del
tiempo en el aparato. Hasta ahí la idea de mi padre entrando en esa cosa tiene
sentido, pero tendría que estar conectado a algo más. Algo que transmita eso
que buscaba en el Monocrono.
–¿Y si el casco
tiene algo que ver? –Me dice ella; una idea bastante acertada. A los pocos días
de empezar, encontramos un casco del cuál desconocíamos su funcionamiento; no
encontramos ningún instructivo o plano al respecto. Quizá también conecta.
–Pero, ¿Cómo se
relaciona? –Pregunto, pero la respuesta viene casi de inmediato. Ya lo veo:
tomo la hoja del esquema humano y le doy vuelta. Ahora la imagen del feto está
sobre el cilindro. –¿Y si murió dándome vida? –Melissa me mira sin entender. Ni
siquiera yo me entiendo del todo, pero tengo una corazonada. –Entraré a esa
cosa. –Empiezo a caminar hacia el cilindro. Melissa me sigue, intentando
convencerme de cambiar de idea, alega que es peligroso, pero estoy decidido.
Algo me dice que debo entrar. Me comienzo a desvestir.
–No sabemos cómo
ponerte en esa cosa. –Me dice ella. Yo respondo de forma tranquila que, la
comparativa del cuerpo humano y el feto marca puntos clave del cuerpo.
–Si utilizamos eso
a la inversa, sabrás dónde conectar qué a qué.
–Estás loco. No
sabemos lo que hace exactamente.
–Confía en mí.
–Respondo. Hay un silencio. Nos miramos a los ojos unos segundos, hasta que
baja la mirada y acepta con un débil “Está bien”.
Entro en el
cilindro, completamente desnudo. El metal del interior está helado. Melissa se
queda ahí de pie. Levanta el esquema y comienza a conectar todo a mi cuerpo,
con manos temblorosas. Las viejas agujas no duelen, pero hay una especie de
cable que debe ir en la nuca.
El peor dolor que
he sufrido: parecido a recibir electroshocks o sentir calambres en cada músculo
del cuerpo. Por un segundo, la tensión es tal que no estoy consciente de estar
de pie o no, o de tener los ojos cerrados o abiertos.
Recobro la vista y
mis sensaciones, pero no soy capaz de moverme.
Ahora formo parte
del cilindro.
–Creo que falta
algo más. –Me dice Melissa, nerviosa. Debido al dolor antes padecido, no puedo
preguntar, pero sabe lo que quiero decir. –En aquél congelador de la entrada
hay algo parecido al líquido amniótico. Tiene un nombre diferente, pero leí en
uno de los cuadernos de tu padre que es un similar del líquido donde se
fecundan los bebés. –Sólo atino a confirmar con la cabeza.
Ella va por uno de
los frascos. Apenas puede cargarlo por sí misma y, con el uso de los planos del
cilindro, logra ubicar la manguera exterior que va conectada al frasco. Repite
la acción, cargando y conectando frascos hasta que ha utilizado las cuatro
mangueras exteriores. Siguiendo aún los dibujos, ella cierra el contenedor,
confinándome al silencio.
Ella, del otro
lado del cristal, mueve sus labios; no puedo oírla, pero sé lo que me dice, así
que respondo: “también te amo”. Puedo ver lágrimas en sus ojos. Después de dos
largas semanas en seriedad, le sonrío con ánimos de tranquilizarla. Digo “te
amo” una vez más. No sé si podré decírselo de nuevo pronto. Quisiera no estar
aquí dentro.
Ya he olvidado su
voz. Supongo que nadie se detiene a escuchar con atención hasta que es demasiado
tarde.
Melissa enciende
el contenedor.
De la parte
superior brota aquél líquido, llenando este lugar poco a poco. Se siente frío,
como todo lo demás dentro del laboratorio. Lo único cálido eran las manos de
Melissa. Intento mantener esa sensación de auténtico calor humano para lidiar
con mi piel erizada por la gélida sustancia. La veo a ella: no despega la
mirada de mis ojos y su cuerpo casi recostado en el cuerpo de vidrio que nos
separa. Mantengo la atención en su rostro; desde los labios hasta las pestañas,
pasando por su nariz y ojos brillantes. Hasta que el baboso líquido me obliga a
dejar de mirar.
Ahora
floto. El frío no me hace sentir nada más que la sensación de estar suspendido.
Sé que ella sigue del otro lado, observándome.
Algo recorre mis
venas; me quema. Arde. Me retuerzo.
Siento un pellizco
en mi nuca y, de pronto, ya no siento mi cuerpo. El frío ha desaparecido. Sólo
floto en la oscuridad. Vacío.
Puedo ver una
partícula. Resplandeciente y seductora. Intento tocarla y, aunque puedo
percibirme a mí mismo estirando mi brazo, no veo mi mano entre la molécula y
mis ojos. Nada me impide verla, pero sé que mis manos la cubren. Y en un
arranque de ira y frustración, me desahogo con ella. Libero el estrés de éstas
dos últimas semanas contra la pequeña molécula entre mis palmas.
La aplasto.
¡BANG!
Ahora veo más
luces; más moléculas. Están por todas partes. Me rodean, se dispersan; bailan
entre la nada; se juntan y forman mundos; se extienden y crean distancias.
Explotan y se transforman en una energía aún más poderosa, que aporta vida. La
vida se crea. La vida se desarrolla. Vuelvo a ver mis cuadros, ésta vez en
primera fila, casi como si pudiera tocar cada nebulosa, estrella y galaxia.
Lo veo ahora.
Puedo verlo todo: el inicio y el final; vivo ambos a la vez.
Observo la vida de
mi padre y mi madre, su hermana. Juntos desde nacimiento, gemelos.
Él cree en la
ciencia y ella cree en él. Mi padre quiere entender el tiempo, se aísla con su
hermana en el laboratorio a crear un aparato, pero se da cuenta que una máquina
no puede percibir el tiempo como tal. Así que concluye que la única forma de
conocer el tiempo, es creándolo, por lo que fecunda un ser artificial en un
cilindro al centro de la habitación; un ser sin conciencia; sin capacidad de
desarrollar una mente propia.
Entonces él usa el
casco: su conciencia pasa a ser mera información en una tarjeta diminuta, y el
cerebro de mi padre pasa a ser mera materia gris; su cuerpo yace inerte en su
silla. Mi madre no se detiene a lamentarse, sigue las ordenes de su hermano y en
una ranura junto al cilindro, coloca la pequeña tarjeta.
Los cables
provocan que mis sentidos incrementen y mi nueva conciencia sea transferida. Ahora
puedo recordar esa primera punzada en la nuca, de cuando fui creado.
Soy mi padre, o él es yo. Ninguno es ninguno.
Adoptado por mi
madre, un producto con la conciencia de su hermano. Un humano sensible ante el
tiempo y sus reglas que, gracias a un aparato, las percepciones se volvían
imagen y estas imágenes se proyectaban en una pantalla de metal. Ella no usaba
el aparato por miedo al pasado, sino porque simplemente no podía usarlo; así
como Melissa, no se ve nada si el aparato no es usado por mí.
Ahora entiendo lo
que se siente ser espectador. Puedo ver a Melissa en el laboratorio, llorando
por mí, mientras mi cuerpo se desintegra en aquella incubadora. Soy sólo un
testigo de las cosas. Ya no puedo tocarla, pero sí acompañarla por siempre
hasta el final de sus días, viéndola a los ojos mientras estos se cierran,
completando el ciclo que empezó aquél momento en que vio la luz por primera
vez. Todo pasa al mismo tiempo. La vida y la muerte son lo mismo.
Cuando el cilindro
se queda vacío, realmente nazco y lo entiendo todo.
Me convierto en
concepto. Soy parte del todo. Me vuelvo percepción, una línea recta
inalterable. Una constante. Una idea. Veo el nacimiento de todos y veo su
muerte. Soy el inicio y el final. ¡Soy un Dios!
Soy tiempo.
Wowowowowowowowowowow de nuevo una historia espectacular amigo. solo puedo decir que tienes un talento increíble
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