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Monocrono

 

Según mi padre, el científico e investigador Jorge Serrano, el tiempo es inalterable y no es intangible. Él pensaba que el tiempo, fuera de la simple constante de algo que marca el transcurrir de las horas o el deterioro de la materia, era una línea recta conformada por pequeñas líneas que se acomodaban de manera paralela entre sí. Cada pequeña línea era un acontecimiento; un momento; un instante.
Según sus publicaciones, la línea del tiempo ya estaba trazada. En sus postulados, planteó un ejemplo: desde el inicio del universo, hasta el final del mismo, la línea está hecha. El tiempo es inalterable. Si tomamos las pequeñas líneas que conforman la extensa línea horizontal del tiempo y las colocamos una sobre otra, formando una línea vertical, se comprende mi teoría del tiempo constante, concluyendo que todos los momentos que acontecieron, acontecen y acontecerán, suceden todos al mismo tiempo, en una constante.
La comunidad científica rechazó la teoría con burlas, “una ridiculez” decían. Así que puso manos a la obra. Trabajó para transformar la teoría en ley. Debía obtener la prueba que confirmara lo escrito en sus publicaciones. ¿Cómo demostraría éste hecho? Con un invento. Una creación nunca antes vista: el Monocrono. Un aparato capaz de mostrar los sucesos del tiempo al instante, tanto pasados como futuros y los presentes. Según sus estudios –nunca publicados. –El aparato debería tener la capacidad de acceder a cada línea pequeña; a cada suceso en la línea temporal. Ser el Gran Hermano de la Historia. Claramente, llegar a éste resultado ameritaba un esfuerzo titánico; imposible ante una opinión común. Pero mi padre no tiró la toalla e invirtió todo el tiempo de su vida en poder crear el Monocrono.
Mi madre lo acompañó cada día. Ella contaba que prácticamente se habían mudado al laboratorio de mi padre, dónde él no se movía de su escritorio, trabajando de sol a sol. Una búsqueda exhaustiva por los confines teóricos y la ciencia.
Un día, “ese milagroso día” dice mi madre, finalmente lo logró. Mi padre creó el Monocrono. Pero a un alto costo, pues la fatiga y los veinte años de trabajo e investigación dieron por terminada su vida; justo cuando el invento había sido creado, cuando había cumplido su cometido. Mi madre nunca hizo público el invento después de eso.
Poco después nací yo, cuando mi madre se hallaba viviendo en casa de mis abuelos, de regreso a una vida hogareña y de rutinas en el exterior, fuera de ciencia, fuera de inventos. La verdad no sé si mi madre respiró con alivio cuando mis aspiraciones resultaron alejadas de las ciencias –aunque mantuviera un promedio perfecto en la materia toda mi vida. –Lo mío se orientó más por lo artístico. Pintor.
Yo tenía diez años cuando mi mamá me contó la historia de mi padre, y como regalo de cumpleaños me obsequió el Monocrono. Es una placa redonda de algún metal que desconozco, dos asas a los lados para sostenerla frente a ti y un bloque detrás de aquella placa redonda, llena de todo el sistema que hace funcionar al aparato. En cuánto la sostuve, la máquina encendió y mi rostro reflejado en el metal se convirtió en la era jurásica; un campo abierto ubicado en algún lugar de Pangea, con bellísimas criaturas de sangre fría merodeando. Desde entonces la televisión se quedó pequeña en comparación al Monocrono. Cientos de momentos históricos vistos tal cual fueron, recuerdos de las vacaciones sin necesidad de utilizar una cámara de video. 13 761 millones de años de historia en mis manos.
Crecí. Estudié arte, y mis obras ganaron popularidad gracias a los hermosos paisajes del universo que el Monocrono me proporcionaba. Asientos en primera fila para ver el nacimiento y muerte de las estrellas, las nebulosas desde una perspectiva única. Retratos históricos “sorprendentemente precisos” sobre acontecimientos importantes, en fin, mi eterna musa, aquél invento. Mi eterno apoyo, mi madre.
Falleció anoche. Hoy es su funeral. Estoy sentado en la mesa del comedor, vestido con una camisa y pantalones negros. La veo a ella en la pantalla del Monocrono; su rostro sonriente al verme en la obra de teatro escolar, su fiesta de quince años bailando el vals con mi padre. Las lágrimas recorren mis mejillas, no sollozo, no hago ruido; sólo dejo que las lágrimas broten y se deslicen. Tomo unas cuantas servilletas de la mesa para secar mi rostro y así poder seguir con la tortura de la melancolía del inalterable tiempo.
Ella nunca quiso usar el Monocrono, me decía que prefería prestar atención al presente. Entendía su postura, pero mi curiosidad siempre fue más. No obstante, nunca quise ver al futuro. La idea de la línea constante e inalterable me genera escalofríos, pues, quiere decir que lo que está sucediendo ya estaba pasando desde antes, y lo antes vivido no era más que la preparación de lo que viene; así una y otra vez. Incluso la creación del Monocrono debe estar sujeta a la regla del tiempo. Cuando pienso en ello, en lo ya establecido de nuestras vidas y la nula capacidad de poder cambiarlo, mi alma sufre, porque significa que, aunque la ciencia pudiera crear una máquina del tiempo, no podría prevenir a mi madre de la enfermedad que daría fin a su vida. No habría forma de traerla de vuelta. Su destino siempre fue morir así; incluso en aquél instante de su nacimiento, la pequeña línea que pertenece al momento de su deceso estaba en reproducción simultánea; el primer y el último aliento resonando en la historia al unísono, siendo parte de un todo.
Tocan el timbre de la casa. Me levanto de la mesa, abro la puerta de un mueble cerca del comedor y guardo el Monocrono en el interior. Camino hacia la puerta principal, recorriendo la sala adornada con algunos de mis cuadros. Abro la puerta. Melissa, mi novia, está cruzando la cochera hacia mí. La luz de la mañana se refleja en la banqueta con intensidad. Ella lleva puesto un vestido negro; su cabello lacio y castaño bien peinado. Sus ojos color miel me miran con tristeza, se acerca a mí y me da un abrazo.
–Hola, mi amor. –Me dice con voz cálida. –Perdona la tardanza; tenía que dejar todo en orden en la oficina para que no me molesten el resto del día. –Se separa y acaricia mi mejilla con suavidad. Yo le sonrío y digo que entiendo, que no hay problema. Le pido que me permita un momento, entro a la casa y tomo mi saco. Regreso. Ya estamos listos.
Cierro la reja de la cochera y ambos subimos a su auto. No tengo ánimos de conducir. En estos momentos me cuestiono si contarle a Melissa sobre el Monocrono. Los únicos que sabíamos de su existencia éramos mi madre y yo. La duda permea mi mente. No tengo energía para pensar en esto, pero al parecer mi cerebro lo considera importante.
Viajamos en silencio hasta el lugar del funeral: un jardín de una casa funeraria en el centro de la ciudad. Somos los primeros en llegar.
Poco a poco, los conocidos de mi mamá aparecen y me dan el pésame. El jardín se llena pronto. Todos vestidos de luto.
Pláticas silenciosas, miradas tristes y un ambiente cada vez más frío, mientras las nubes van cubriendo el cielo. Me pongo el saco para cubrirme del viento. No dejo de tomar galletas de la mesa de bocadillos, comer suele relajarme en momentos donde un pincel no está a mi alcance. Al menos cuento con una pluma, la que utilizo para dibujar sobre una servilleta mientras estoy sentado en una de las mesas. Del otro lado del jardín, Melissa es quién recibe a las personas que van llegando a dar condolencias.
Mientras dibujo un reloj que toma la forma de una galaxia sobre la servilleta, sigo pensando si debería contarle del aparato a Melissa. Me cuestiono, como consecuencia, qué tan buena idea sería revelarle al mundo éste invento, ¿qué tanto pasaría ante tal acontecimiento? Mi madre aseguraba que el mundo no estaba listo para el Monocrono, “es algo que supera a cualquiera, hasta a su propio creador”. Y, al observar a la gente que va llegando a este lugar; cómo son, de cierta forma, simples, sin cuestionarse a cerca del paso del tiempo, de la importancia de un plazo transcurrido y un destino ya existente, me doy cuenta: todos –o al menos la mayoría –Prefieren creer que pueden cambiar su destino, que sus decisiones importan. No les agrada la idea de pensar que todo lo que sucede estaba predestinado a pasar; quieren tener el control. De forma cómica, sea cual sea la decisión que tome, ya la había tomado en el futuro. Sea cual sea el resultado, es lo que debe suceder. Ahora, sentado en el funeral de mi madre, observando a estas personas y pensando en la propia muerte, considero que no están listos, ni lo estarán en mucho tiempo.
Pero quizás ella sí.
Un hombre viejo llega al lugar y saluda a Melissa. Me parece familiar. Ella lo acompaña hasta donde estoy sentado y me pongo de pie para recibirlo.
–Buenas tardes, señor Serrano. Mis condolencias. –Dice el tipo y estrechamos nuestras manos.
–Le agradezco. –Digo. –Perdone, pero, ¿lo conozco? ¿Conocía a mi madre?
–Era un buen amigo y colega del Dr. Serrano. Fui el único en apoyar su teoría del tiempo constante. –Me dice con su voz grave y ronca. –Sé que usted no es una persona de ciencia, he visto el arte que hace y me parece sublime. Es un gusto conocerlo.
–Lo mismo digo, señor…
–Doctor. Dr. Emanuel Corrales. Para servirle. –El doctor me entrega su tarjeta. –Bueno, su madre era una mujer entusiasta y simpática. Siempre estuvo al tanto de lo que el Dr. Serrano y yo hacíamos. Fue, además, un gran apoyo para él durante toda su vida. Y aunque sus investigaciones y teorías terminaran en nada, considero que era una de las mentes más brillantes que haya visto este país.
–Gracias, doctor. –Digo, esperando por fin dar por terminada la conversación. –Si gusta pasar, de aquél lado hay bocadillos. Le recomiendo las galletas, están buenas. –El Dr. Emanuel asiente, agradece y pasa adelante. Le entrego la tarjeta del doctor a Melissa, no quiero involucrarme con el pasado de mi padre. Ella me da un delicado beso en los labios y vuelve a su lugar en la puerta. Yo me siento de nuevo y observo el dibujo en la servilleta.

 

De regreso en mi casa. Melissa está preparando chocolate caliente y yo espero en la sala, frente al televisor. Un catálogo de películas y series son plasmados en la pantalla.
–¡Vaya! Me quedó delicioso. –Dice mi novia al acercarse a la sala con dos tazas servidas en las manos. –Mucho mejor que ese café del asco que tenían en la funeraria. –Se sienta a un lado mío y me ofrece la taza. De verdad que le quedó delicioso.
–¿Ya decidiste? –Me pregunta. Niego con la cabeza. Tras un pequeño silencio, dejo el chocolate caliente sobre la mesa y me pongo de pie. Melissa se extraña y me sigue con la mirada, hasta que llego al mueble del comedor. –¿Qué pasa? –La miro a los ojos.
–Voy a mostrarte algo. –Respondo finalmente.
No fue una buena decisión.

 

Tras revelarle el Monocrono y contarle la historia del mismo, Melissa, ya habiendo superado la sorpresa inicial, me consideró una persona egoísta al privar a la humanidad de tal descubrimiento. ¿Egoísta?
La noche nos encontró discutiendo sobre el tema.
–El mundo no está listo, Melissa.
–Tú no eres quién para decidir eso.
–Soy el hijo del creador. Mi madre tomó esa decisión mucho antes y tenía razón. Y ahora que no está, la respetaré, el Monocrono se queda en secreto. Punto.
–Increíble. –Dice negando con la cabeza.
Hay un silencio sepulcral. El rechinido de la silla cuando ella se levanta rompe la quietud del sonido. Se va de la casa. Yo me quedo sentado. El Monocrono al centro de la mesa. Mi mente hecha trizas. Debí dejarlo en secreto, nadie está listo para esto. No hay nadie preparado para afrontar la realidad del tiempo. Será mejor que me vaya a la cama, no necesito más conciencia sobre la situación. Sólo los sueños me hacen sentir que el paso del tiempo no importa.
Subo las escaleras hasta mi habitación. Me retiro los zapatos y mi cinturón, para después cubrirme con las cobijas. Peleo por dormir al instante, pero me cuesta conciliar el sueño. Tal vez sólo necesita asimilar la situación. Tal vez esté de regreso por la mañana. Entra la tentación de revisar el Monocrono y ver ocho o diez horas al futuro, esperando ver que vuelve y que compartiremos el secreto. Pero no, debo dormir, no debo ver el futuro, por más inalterable que sea, no debo. “Concéntrate en el hoy”, como mamá, relajado, la línea vertical del ahora es lo que importa. Sólo eso. Sólo… eso… Importa.
Me quedo dormido.

 

Abro los ojos. No hay nadie a mi lado. Me levanto y froto mi rostro. Bajo las escaleras descalzo, el canto de las aves atraviesa las ventanas y llenan el espacio silencioso de la casa. No hay rastro de que regresara. ¿Guardé el aparato? Creo haberlo dejado sobre el comedor. Pero sobre la mesa no hay nada. Me quedo congelado. Debí guardarlo, no recuerdo. Camino apresurado hacia el mueble y abro la puerta. Vacío. El Monocrono no está.
Tomo mi teléfono de prisa y llamo a Melissa. No contesta. Carajo.
Marco de nuevo. Nada.
Una vez más. Aún nada.
Lanzo el celular con rabia.
–¡Mierda! –Grito, se desgarra mi garganta. Cierro los ojos. ¿Adónde pudo llevarlo? ¿Dónde puede estar? Debo salir a buscarlo.
Tomo mis llaves, levanto mi ahora estrellado celular y salgo de la casa. Aún descalzo, subo al auto y arranco. Empezaré por casa de sus padres, donde actualmente vive. Si no está ahí, ellos deben saber algo.
Conduzco sin precaución, no puedo pensar con claridad. Necesito llegar. No queda muy lejos, quizá puedo evitarlo. Tengo que evitarlo; no deben saber del Monocrono.
He llegado. El auto de Melissa está estacionado afuera. Me pongo detrás y bajo del vehículo. Los padres salen de la casa, debí hacer ruido al llegar y salieron al reconocer mi coche. Se ven asustados. Están parados al pie de la entrada, expectantes. Yo me comienzo a acercar, cuando Melissa sale de la casa, enfurecida, con el Monocrono en sus manos.
–Devuélvemelo. –Digo de inmediato al verla. Sus padres intentan detenerla, pero ella los pasa de largo y se acerca.
–¿Qué le hiciste? –Pregunta. No la entiendo. –Quedé en ridículo ésta mañana. ¿Qué le hiciste a esta cosa? ¿Es real al menos?
–¿De qué carajos hablas? ¿Se lo mostraste a alguien más? –Mi corazón late de forma desesperada. No he llegado a tiempo.
–Fui temprano con el Dr. Emanuel. Le comenté por teléfono que tenía las pruebas que confirmaban la teoría de tu padre. No funciona, Alejandro, este aparato no funciona. ¿Quisiste verme la cara? ¿A caso querías probarme o algo?
–¿A qué te refieres con que no funciona? –Le digo, arrebatándole el Monocrono de las manos. Sostengo las asas y observo la placa metálica, alejándome de Melissa. La imagen de mi cumpleaños número siete aparecen en la máquina. Melissa observa sobre mi hombro.
–Pues funciona. –Digo sin desprender los ojos del recuerdo. Escucho que ella susurra un “no lo entiendo”. Entonces me volteo hacia ella.
–¿Dices que no funcionó cuando se lo mostraste? –Ella niega con la cabeza.
Hay silencio. Esto es extraño.
Tomo una decisión: doy media vuelta y me dirijo a mi coche. Abro la puerta trasera y dejo el Monocrono.
–Al… –Llama Melissa. Tiene los brazos cruzados y una expresión de preocupación; como si quisiera estar molesta, pero lo único que siente es miedo. Abro la puerta del piloto, aún con mi mirada puesta en su semblante. Ella se mueve hacía el frente, titubeante, reprimiendo los pequeños pasos.
–Puedes venir si quieres. No me importa. –Digo al fin y entro al auto. Ella sube justo cuando enciendo el coche. Conduzco.
Mentí, claro que me importa que venga. La necesito; su presencia, su apoyo. Su mera existencia es necesaria para que pueda sentir que sigo respirando. La perdono por lo que intentó hacer. No se lo digo, pero la perdono… Y entiendo sus intenciones que, por más estúpidas que me parezcan, son razonables, supongo. Ni siquiera puedo seguir pensando en lo ocurrido; sólo lleno mi mente de preguntas sobre el aparato: ¿Qué le sucede? ¿A qué se debe el fallo esta mañana? Y Melissa, como si escuchara mis pensamientos, pregunta con voz tímida: “¿Estará ligado con el ADN de tu familia? ¿Será eso?” Levanto la mano para volver al silencio. No despego la mirada del camino, supongo que entiende que no quiero discutir el tema.
En el llavero que cuelgan del volante hay una llave que nunca he usado; una que sólo cargo conmigo por el mero hecho de que pertenecía a mi padre. Aquella pieza de metal muy distinta de las demás, con un cuerpo largo y cabeza ovalada, de dientes curvos, repica con el movimiento del auto, danzando con las demás llaves colgantes. Suenan cada vez más fuerte en mi cabeza. Aumenta el volumen mientras la velocidad del auto desciende y, cuando estamos inmóviles y el tintineo calla, observo aquél portón azul que sólo vi una vez en mi vida, cuando mi madre me dio el obsequió y dijo “con esto podrás entrar al laboratorio de papá”. Fue un año después de recibir el Monocrono. Esa vez respondí que entraría en otro momento. Vaya que me he tomado mi tiempo.
Ambos frente al portón. Con mis pies descalzos tocando el suelo, sostengo el Monocrono en mis manos y Melissa sostiene la llave. Sus ojos me dicen que respire, que no estoy solo. Y mientras el cerrojo es abierto por ella, yo tomo la última bocanada de aire exterior, pues, un artista y una abogada no encontrarán respuestas tan rápido en el mundo de un científico. Probablemente nos espere un largo tiempo perdidos entre cosas que no entendemos.
Un pasillo tan ancho como el mismo portón, con una extensión de unos cien metros nos dan la bienvenida. Un viento frío escapa de su extenso confinamiento, como si fuera el espectro de mi padre saludándome y abriéndome los brazos a su mundo. Todo aquello que me espera al cruzar este gélido pasillo de concreto, es el lugar que vio nacer el mejor invento de la humanidad y, así mismo, vio morir al hombre más brillante que haya pisado la tierra.
Todo está oscuro.
Cuando el interruptor de la luz es encendido por Melissa, puedo ver con claridad lo que seguramente era el escritorio de mi padre; casi al centro de la habitación. El laboratorio es más pequeño de lo que esperaba, pero la cantidad de cosas que llenan el lugar hacen que sea tan grande como una estación de autobuses. Una polvorienta estación de autobuses.
Avanzo y sin querer golpeo un estante con frascos gigantes. Volteo para evitar que caiga, pero el mueble es demasiado pesado y no cede al tambaleo.
–Es un congelador. –Dice Melissa. Y en efecto: el estante no es estante, sino un gran congelador con repisas y frascos del tamaño de un garrafón llenos con un líquido desconocido. Dejo la curiosidad a un lado y, en lugar de husmear en el congelador, doy media vuelta y camino hacia el escritorio. Melissa sí se detiene a observar el mueble, pero la ignoro. Alrededor del escritorio hay un mar de planos, hojas y cuadernos. Detrás del desastre de papel, hay una barra que se despliega hasta la pared más cercana, lleno de piezas de metal, cables y otras cosas que no identifico. No sé por dónde empezar. Me siento agobiado.
Coloco el Monocrono en el suelo, recargado en un costado del escritorio, y me siento en la silla de cuero café. Una nube de polvo se levanta cuando mi cuerpo se deja caer. Mientras tanto, Melissa, sorprendida ante todo lo que el laboratorio presenta frente a sus ojos, se acerca a mí.
–¿Qué procede? –Pregunta.
–Buscar una respuesta. –Contesto con nerviosismo. Sin más, ella empieza a moverse por el lugar, levantando piezas, papeles y todo lo que se encuentra, inspeccionando cada elemento con detalle y leyendo lo más rápido posible, pero tratando de entender lo plasmado en las páginas. Yo, por otra parte, no me muevo del asiento; mi mente no me deja tranquilo y mis músculos no seden. Tengo miedo de buscar. Tengo miedo de saber. Pero debo hacerlo; tengo que empezar a querer ver el pasado de quién nunca fue mi presente. Ahora entiendo por qué mi madre no quería usar el Monocrono: cada pensamiento o sentimiento la llevaría a observar el pasado con mi padre y recordar cuando el tiempo seguía siendo tan desconocido como comprendido; cuando los enamorados sentían el tiempo congelarse ante sus miradas y, así como yo me siento con Melissa, sentir que el tiempo es de dos y no de todos; que el tiempo no es envejecer y morir algún día, sino mirarse eternamente y encontrar compañía en el otro. Porque el tiempo sólo nos observa y no interviene, porque sabe lo que pasará y no puede hacer nada más que mirar mientras se consume él mismo ante la percepción de los demás. Así que, debo ser la excepción y moverme para encontrar una respuesta, para pronto, en la menor cantidad de líneas pequeñas, poder estar de regreso en compañía de la mirada de Melissa.
Por dos semanas, nuestros ojos han buscado información en lugar de buscarse entre sí. Nuestros cerebros han querido entender las palabras en lugar de entendernos y nuestra energía se ha focalizado en lo que hoy nos concierne, en lugar de contagiarnos de dicha energía para seguir existiendo. Por dos semanas hemos estado encerrados, así como mi madre y mi padre lo estuvieron años atrás. La diferencia es que ellos crearon el rompecabezas, mientras nosotros tratamos de unir las piezas.
Se podría decir que me han salido raíces en el asiento por estar sentado aquí todo el tiempo, sin pararme un segundo, durmiendo pocas horas; recibiendo toda clase de documentos y objetos por parte de Melissa –cosas que consideraba importantes. –Mientras yo intentaba comprenderlas más a fondo y completar el misterio. Pero las palabras son muy confusas y los objetos me aportan la misma información que una piedra.
Hay dos planos básicos: el boceto del Monocrono, con sus especificaciones técnicas confusas, que nos han servido de glosario para reducir el rango de búsqueda entre los documentos, buscando las palabras clave. Y también están otros planos que no comprendo, de algo que parece un cilindro gigante; por lástima, no contamos con ningún glosario que nos ayude. No es más que el dibujo del aparato.
En los tiempos muertos, cuando ya no podemos más y sucumbimos a la fatiga mental, observo los dos planos sin pensar en nada en especial. Esperando que cobren voz y me expliquen todo lo que necesitamos saber. Quiero entender, pero no lo hago. Es demasiado.
¡No lo entiendo!
Me pongo de pie y agito con furia los planos, en un arranque de desesperación. Los documentos caen del escritorio, Melissa se acerca a mí y me sostiene. Intenta tranquilizarme. Yo sigo observando el escritorio; mis ojos no se han despegado de él en días y parece que me es natural observarlo, incluso un reflejo.
Melissa me mueve un poco y se coloca enfrente mío. Acaricia mi barba y empuja mis pómulos para que alce la vista y pueda caer en sus ojos. Me dice palabras que no alcanzo a escuchar. Siento que me habla desde una gran distancia, pero la veo a pocos centímetros de mi rostro.
Termina su frase y me abraza, poniendo su cabeza contra mi pecho. Yo sigo viendo al frente con la mirada perdida, buscando respuestas en el vacío. Pero encuentro mis ojos a lo lejos. Justo al centro del laboratorio, veo mi reflejo en un polvoriento cristal. Concentro la mirada y observo el cuerpo de Melissa y el mío en el vidrio negro. Tomo de los hombros a mi novia y la muevo lentamente a un lado mientras avanzo al frente. Paso sobre el escritorio gateando, sin quitar la mirada de mi otro yo al centro del cuarto. Cuando estoy de pie otra vez, observo mi cuerpo entero en aquél gran cilindro.
Cuando tengo el vidrio más cerca, remuevo el polvo y observo este gran pilar.
–Es el cilindro. –Dice Melissa desde el escritorio. Toma los planos mientras recorro el vidrio con mi mano y llego al costado, donde siento una manija. La tomo con fuerza y deslizo con delicadeza hacia un lado, provocando que el cristal curvo de vuelta hacia el otro extremo, abriéndose al interior del contenedor: está repleto de mangueras de plástico delgadas, parecieran intravenosas, pero no sé.
Melissa me llama del otro lado, ha resuelto algo. Me doy la vuelta y me acerco a ella, que sostiene dos planos en las manos: el plano del cilindro y aquél que descartamos la primera semana: el esquema de un ser humano y su comparativa con un feto de nueve meses. Ella coloca un esquema sobre el otro y el cuerpo humano encaja en el dibujo del cilindro.
–Quizá tu papá entro ahí y así perdió la vida. –Yo niego con la cabeza.
–No. –Digo. –No cuadra con todo lo demás: sus notas indicaban que el tiempo es una percepción humana solamente, así que se enfocó en intentar replicar la percepción del tiempo en el aparato. Hasta ahí la idea de mi padre entrando en esa cosa tiene sentido, pero tendría que estar conectado a algo más. Algo que transmita eso que buscaba en el Monocrono.
–¿Y si el casco tiene algo que ver? –Me dice ella; una idea bastante acertada. A los pocos días de empezar, encontramos un casco del cuál desconocíamos su funcionamiento; no encontramos ningún instructivo o plano al respecto. Quizá también conecta.
–Pero, ¿Cómo se relaciona? –Pregunto, pero la respuesta viene casi de inmediato. Ya lo veo: tomo la hoja del esquema humano y le doy vuelta. Ahora la imagen del feto está sobre el cilindro. –¿Y si murió dándome vida? –Melissa me mira sin entender. Ni siquiera yo me entiendo del todo, pero tengo una corazonada. –Entraré a esa cosa. –Empiezo a caminar hacia el cilindro. Melissa me sigue, intentando convencerme de cambiar de idea, alega que es peligroso, pero estoy decidido. Algo me dice que debo entrar. Me comienzo a desvestir.
–No sabemos cómo ponerte en esa cosa. –Me dice ella. Yo respondo de forma tranquila que, la comparativa del cuerpo humano y el feto marca puntos clave del cuerpo.
–Si utilizamos eso a la inversa, sabrás dónde conectar qué a qué.
–Estás loco. No sabemos lo que hace exactamente.
–Confía en mí. –Respondo. Hay un silencio. Nos miramos a los ojos unos segundos, hasta que baja la mirada y acepta con un débil “Está bien”.
Entro en el cilindro, completamente desnudo. El metal del interior está helado. Melissa se queda ahí de pie. Levanta el esquema y comienza a conectar todo a mi cuerpo, con manos temblorosas. Las viejas agujas no duelen, pero hay una especie de cable que debe ir en la nuca.
El peor dolor que he sufrido: parecido a recibir electroshocks o sentir calambres en cada músculo del cuerpo. Por un segundo, la tensión es tal que no estoy consciente de estar de pie o no, o de tener los ojos cerrados o abiertos.
Recobro la vista y mis sensaciones, pero no soy capaz de moverme.
Ahora formo parte del cilindro.
–Creo que falta algo más. –Me dice Melissa, nerviosa. Debido al dolor antes padecido, no puedo preguntar, pero sabe lo que quiero decir. –En aquél congelador de la entrada hay algo parecido al líquido amniótico. Tiene un nombre diferente, pero leí en uno de los cuadernos de tu padre que es un similar del líquido donde se fecundan los bebés. –Sólo atino a confirmar con la cabeza.
Ella va por uno de los frascos. Apenas puede cargarlo por sí misma y, con el uso de los planos del cilindro, logra ubicar la manguera exterior que va conectada al frasco. Repite la acción, cargando y conectando frascos hasta que ha utilizado las cuatro mangueras exteriores. Siguiendo aún los dibujos, ella cierra el contenedor, confinándome al silencio.
Ella, del otro lado del cristal, mueve sus labios; no puedo oírla, pero sé lo que me dice, así que respondo: “también te amo”. Puedo ver lágrimas en sus ojos. Después de dos largas semanas en seriedad, le sonrío con ánimos de tranquilizarla. Digo “te amo” una vez más. No sé si podré decírselo de nuevo pronto. Quisiera no estar aquí dentro.
Ya he olvidado su voz. Supongo que nadie se detiene a escuchar con atención hasta que es demasiado tarde.
Melissa enciende el contenedor.
De la parte superior brota aquél líquido, llenando este lugar poco a poco. Se siente frío, como todo lo demás dentro del laboratorio. Lo único cálido eran las manos de Melissa. Intento mantener esa sensación de auténtico calor humano para lidiar con mi piel erizada por la gélida sustancia. La veo a ella: no despega la mirada de mis ojos y su cuerpo casi recostado en el cuerpo de vidrio que nos separa. Mantengo la atención en su rostro; desde los labios hasta las pestañas, pasando por su nariz y ojos brillantes. Hasta que el baboso líquido me obliga a dejar de mirar.

Ahora floto. El frío no me hace sentir nada más que la sensación de estar suspendido. Sé que ella sigue del otro lado, observándome.

Algo recorre mis venas; me quema. Arde. Me retuerzo.
Siento un pellizco en mi nuca y, de pronto, ya no siento mi cuerpo. El frío ha desaparecido. Sólo floto en la oscuridad. Vacío.

 

Puedo ver una partícula. Resplandeciente y seductora. Intento tocarla y, aunque puedo percibirme a mí mismo estirando mi brazo, no veo mi mano entre la molécula y mis ojos. Nada me impide verla, pero sé que mis manos la cubren. Y en un arranque de ira y frustración, me desahogo con ella. Libero el estrés de éstas dos últimas semanas contra la pequeña molécula entre mis palmas.
La aplasto.
¡BANG!
Ahora veo más luces; más moléculas. Están por todas partes. Me rodean, se dispersan; bailan entre la nada; se juntan y forman mundos; se extienden y crean distancias. Explotan y se transforman en una energía aún más poderosa, que aporta vida. La vida se crea. La vida se desarrolla. Vuelvo a ver mis cuadros, ésta vez en primera fila, casi como si pudiera tocar cada nebulosa, estrella y galaxia.
Lo veo ahora. Puedo verlo todo: el inicio y el final; vivo ambos a la vez.
Observo la vida de mi padre y mi madre, su hermana. Juntos desde nacimiento, gemelos.
Él cree en la ciencia y ella cree en él. Mi padre quiere entender el tiempo, se aísla con su hermana en el laboratorio a crear un aparato, pero se da cuenta que una máquina no puede percibir el tiempo como tal. Así que concluye que la única forma de conocer el tiempo, es creándolo, por lo que fecunda un ser artificial en un cilindro al centro de la habitación; un ser sin conciencia; sin capacidad de desarrollar una mente propia.
Entonces él usa el casco: su conciencia pasa a ser mera información en una tarjeta diminuta, y el cerebro de mi padre pasa a ser mera materia gris; su cuerpo yace inerte en su silla. Mi madre no se detiene a lamentarse, sigue las ordenes de su hermano y en una ranura junto al cilindro, coloca la pequeña tarjeta.
Los cables provocan que mis sentidos incrementen y mi nueva conciencia sea transferida. Ahora puedo recordar esa primera punzada en la nuca, de cuando fui creado. 
Soy mi padre, o él es yo. Ninguno es ninguno.
Adoptado por mi madre, un producto con la conciencia de su hermano. Un humano sensible ante el tiempo y sus reglas que, gracias a un aparato, las percepciones se volvían imagen y estas imágenes se proyectaban en una pantalla de metal. Ella no usaba el aparato por miedo al pasado, sino porque simplemente no podía usarlo; así como Melissa, no se ve nada si el aparato no es usado por mí.
Ahora entiendo lo que se siente ser espectador. Puedo ver a Melissa en el laboratorio, llorando por mí, mientras mi cuerpo se desintegra en aquella incubadora. Soy sólo un testigo de las cosas. Ya no puedo tocarla, pero sí acompañarla por siempre hasta el final de sus días, viéndola a los ojos mientras estos se cierran, completando el ciclo que empezó aquél momento en que vio la luz por primera vez. Todo pasa al mismo tiempo. La vida y la muerte son lo mismo. 
Cuando el cilindro se queda vacío, realmente nazco y lo entiendo todo.
Me convierto en concepto. Soy parte del todo. Me vuelvo percepción, una línea recta inalterable. Una constante. Una idea. Veo el nacimiento de todos y veo su muerte. Soy el inicio y el final. ¡Soy un Dios!

 

Soy tiempo.

Comentarios

  1. Wowowowowowowowowowow de nuevo una historia espectacular amigo. solo puedo decir que tienes un talento increíble

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