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Al otro lado del pasillo

 

La puerta oxidada y vieja rechina con fuerza, reverberando en el extenso y oscuro pasillo que se presenta ante mí. La noche abraza la sombra, provocando que no puedo ver nada más allá de del umbral. La calle solitaria en una madrugada de entre semana; sólo un par de peatones avanzan por la banqueta al otro lado del desértico asfalto. Saco mi celular y enciendo la linterna para iluminar el corredor. Está recubierto por azulejos viejos, resquebrajados y manchados por la humedad que se cuela de las orillas del techo blanco; el suelo está hecho sólo de concreto; un frío y liso gris opaco. A lo lejos distingo el reflejo de mi linterna en una ventana sobre una pared amarilla, aparentemente con cortinas blancas del otro lado del cristal. Sin más, cruzo la puerta y entro al pasillo.
        No llevo ni tres pasos más allá de la entrada cuando me recibe un frío escalofriante que recorre todo mi cuerpo, como si acabara de colocarme bajo una regadera de agua helada. Sin embargo, no hay corriente de aire. Ni un solo de mis cabellos largos y lacios se ha movido. Me estremezco por la gélida sensación, derivando en un paso en falso que provoca que la punta de mi zapato toque algo pesado. Apunto la linterna hacia el suelo para iluminar mejor el objeto: la mitad de un ladrillo cubierto de polvo. Su posición tan cercana a la puerta delata su obvia labor. Sostengo la puerta mientras recorro con el pie aquél pedazo de barro hasta que esté en la posición perfecta para detener el metal. Cuando levanto la mirada junto a la linterna, alcanzo a ver una mano soltar las cortinas medio abiertas, dejando que la tela blanca volviera a su posición original. Me exalto un momento, pero el susto se convierte en impulso, el cual me hace avanzar a través del corredor con decisión.
        –¿Martina? –Digo en voz alta antes de llegar a la ventana.
        Una vez ahí, toco ligeramente el cristal con el dedo dos veces, nada ruidoso. Me inclino y apunto la luz al interior, pero la cortina resulta tan blanca que no alcanzo a ver del otro lado. Antes de continuar, echo un vistazo a la calle; desde el otro lado del pasillo, éste parece más extenso. Ahora, en la parte oscura, la puerta pareciera que me queda a sólo diez pasos de distancia. Me giro y observo cómo continúa la construcción: el pasillo terminaba con la ventana de una casa, pero una vuelta a la izquierda revelaba otro pequeño corredor donde la vivienda continuaba hasta dar a un patio central de lo que parecía ser una vecindad. Avanzo hasta llegar a aquél patio; es amplio de forma cuadrada, con el suelo de pavimento, una pequeña rejilla circular en el centro a función de coladera, dos lavabos en una esquina y cuatro casas, separadas cada una por un color distinto: la amarilla que posee la ventana hacia el pasillo, una azul celeste con manchas blancas que pareciera ser el despintado de pintura de mala calidad, otra color beige cuyo tono apenas se ve gracias a la penumbra y la poca luz que alcanza de mi linterna, y la cuarta casa de color gris. Sin embargo, un mejor vistazo me revela que aquella última casa es gris debido a que los tabiques están expuestos; las paredes nunca fueron lucidas. Pareciera que aquella construcción quedó en obra negra, aunque cuenta con una puerta idéntica a las demás casas. Esta construcción sin terminar se encuentra del lado opuesto a la de color amarillo; las otras dos están al fondo, compartiendo pared.
        Noto algo extraño: en este patio la oscuridad es total. Si apagara la linterna, me encontraría en total penumbra. Levanto la mirada y descubro un techo de cemento y madera mal construido. Las manchas del material yacen secas a los bordes con las casas. Este techo seguro no pertenecía a la propiedad originalmente. Raro. Pero no debo distraerme.
    Doy la vuelta y camino hacia la puerta de la casa amarilla. Llamo una sola vez, dando tres golpes ligeros.
        –¿Martina? ¿Está usted ahí?
     No obtengo respuesta. Miro alrededor de la entrada en busca de algún timbre, pero la pared está inmaculada. Llamo nuevamente. Pasan los segundos y nadie responde. Insisto una vez más.
        –Señora, la vi asomarse por la ventana. –Mi paciencia se agotó. Si la mujer no quiere abrir, tendré que entrar.
        Naturalmente, forzar la puerta es muy difícil. Pero tengo la ventana. No me ha dejado otra alternativa. Apenas alcanzo a dar un paso en dirección al pasillo, cuando una voz masculina y rasposa me llama detrás de mí.
        –¿Qué se le ofrece?
        Me doy vuelta de un brinco y alumbro en dirección a quien habló. Un anciano delgado y harapiento está frente a la puerta abierta de la casa azul. Se cubre el rostro con su esquelético brazo, evidentemente cegado por la linterna. Yo la inclino un poco para no pegarle la luz directo a la cara, pero igual tener completa visión de su figura una vez que se descubre. Está pálido y con la piel apenas pegada a sus visibles huesos. Sus cuencas están marcadas y sus ojos están de un amarillo, como de hepatitis.
        –Busco a la señora Martina. –Respondo. –Me dieron esta dirección.
        –¿Qué urgencia tiene? –Me pregunta el hombre.
        –Mucha. Si esperamos a la mañana, puede que su nieta no sobreviva.
        El anciano suelta un pequeño sonido como seña de sorpresa.
        –¿Lucía? Qué barbaridad, ¿qué tiene?
        –Preferiría sólo hablarlo con Martina. Pero no contesta a la puerta.
        –Tal vez sirva si le llamo al teléfono. –Comenta el viejo, y entra de nuevo en su casa, sin cerrar la puerta. Lo sigo.
        –¿Tiene teléfono? Si me lo pasa, podría hacerle la llamada yo.
        Me detengo al pie de la puerta.
        –Es el de su casa, amigo. –Me dice el anciano. –Además, sus aparatos esos no hacen llamadas aquí.
      Presiono el botón para que la pantalla de mi celular se ilumine y compruebo de inmediato que el señor tiene razón: no hay señal. Dirijo la mirada de nuevo a él, que ya está con el teléfono fijo de cordón pegado a la oreja mientras hace girar un disco marcando el número de la casa amarilla. Mientras tanto, noto que su casa está completamente a oscuras. El lugar se ve tan viejo como su dueño, con manteles tejidos sobre los muebles llenos de adornos y vajillas con decoraciones color pastel; el olor del lugar es amargo y penetrante.
        El teléfono de Martina comienza a sonar, llenando el silencio de la vecindad. Suena… y suena… pero nadie contesta. El anciano cuelga.
        –De seguro está bien dormida. –Comenta él. –Pero se levanta seguido al baño y me hace ruido al lado. Entonces ya le podrá tocar.
          –Bueno, la esperaré entonces.
        Me dispongo a retirarme, pero el viejo me detiene hablándome desde su lugar.
        –Espérate aquí y cuando la escuchemos vas y le tocas. –Camina hacia la cocina y trae consigo una tetera y dos tazas. –Tomemos algo calientito pa’ no dormirnos mientras la esperamos. Imagínate, ya a mis años y esto es lo único que me echo de desayuno, comida y cena.
        –Estoy bien, gracias. –Doy un vistazo fugaz a los alrededores nuevamente. –¿Por qué no hay luz?
         –Nos la cortan todas las noches. Usábamos velas, pero ya nos acostumbramos mejor a andar a oscuras.
        Asiento, extrañado. ¿Quién se acostumbra a no ver nada? Será mejor que me vaya de una vez. Le diré a mi cliente que necesito más información para realizar este trabajo; está muy extraño todo. Antes de darme la vuelta para irme, el anciano sirve un café que no humea. Me llama la atención eso y su peculiar color que brilla por mi linterna. Pero basta de estas pendejadas, es hora de irme.
        –¿Adónde vas? –Pregunta el anciano en un tono más grave, que me eriza la piel y me obliga a detener el paso. Pero me fuerzo a avanzar. –¡¿Pa’ dónde?!
        Escucho las tazas caer junto al tambaleo de la mesa y sus pasos apresurados. Me doy la media vuelta con la mano tomando mi camisa cerca de la hebilla de mi pantalón. El anciano está de pie en la puerta nuevamente, tapándose de la luz.
           –Esos méndigos aparatos, cómo chingan.
           La puerta de la casa beige se abre y aparece una señora muy gorda y alta.
           –¿Qué pasa, Gustavo? ¿Tas bien? –Le dice la mujer al viejo.
        Ella no se ve mayor a sesenta. Tiene arrugas, pero poco visibles, sin mencionar su prominente papada; ella y el anciano Gustavo comparten mismo tono de piel.
            –No pasa nada, señora. –Contesto. –Ya me iba.
            –Lucía está enferma, doña Sara. –Dice el viejo.
          –¿Cómo cree? ¿Usted la conoce? –Me pregunta. –Ahorita le llamamos a doña Martina. Pásele a comer algo, tengo mucha carne.
            –No, gracias.
           Tengo que irme de aquí. Ya serían dos testigos. Afortunadamente no hay luz y seguro mi linterna no les deja ver bien mi rostro. Aun así, debo ser precavido. Les doy la espalda y camino de regreso por donde vine. Entonces, otra puerta más se abre. Cercana a mí, justo cuando iba a dar vuelta al pasillito de la pared con la ventana.
            –¿Qué tiene Lucía? –Pregunta la voz de una anciana.
           Me detengo. Ya apareció. Es el momento, pero las circunstancias no son favorables. Por otro lado, no hay un alma en las calles y son solo tres. Suspiro. De acuerdo, lo haré: vuelvo sobre mis pasos e ilumino a la vieja Martina; con piel igual de pálida que sus vecinos, cabello canoso y muy corto; está llena de arrugas y manchas en los brazos y manos; viste un camisón color hueso. Ella no reacciona a la luz, igual que Sara. Eh, bueno, da igual. Meto la mano bajo la camisa y saco del interior de mi pantalón un revolver. Con dos balas tumbo a Martina, uno en el pecho y otro en la cara. Volteo de inmediato con Gustavo y Sara, que me miran sin decir nada. A Gustavo le atino al ojo antes de que pueda cubrirse de la luz, mientras que a Sara le asesto dos: uno en el pecho y otro, acercándome más a ella, en la frente. Con un cuerpo tan robusto no me fio de un disparo al cuerpo.
        Ahora me rodean cadáveres. Tengo que irme por si algún transeúnte llegó a escuchar los balazos. Incluso los vecinos de la cuadra. Pero, mierda, he olvidado un detalle: queda una casa. Chingado. Sólo me queda una bala en el revolver. Tendré que hacerla valer. Y si vive más de uno, ingeniármelas.
        Camino hacia la casa con paredes de tabiques. Pinche trabajo más complicado. Me parecía sencillo en papel: mata a esta señora. El cliente alegaba que era una bruja. Pura tontería. Una rápida investigación de su apellido en internet y das con su hija, yerno y nietos. Ahora se va a convertir en una noche de cuatro asesinatos, si bien me va.
        Llego a la casa, pero la puerta está entre abierta. Mierda, quizá el inquilino escuchó todo y se fue entre la oscuridad. Debo entrar y cerciorarme que no haya nadie. Empujo la puerta. La luz refleja en rojo hacia mí. La garganta se me cierra ante el impacto. Frente a mí… hay cuerpos despellejados. Son al menos siete, todos colgados de cabeza mientras escurren sangre sobre cubetas de metal. ¿Qué puta mierda es esta?
        Doy media vuelta para salir corriendo y veo que los cuerpos de los vecinos han desaparecido. Quedaron sólo las manchas de su sangre en el cemento. Aquello llena aún más de horror mi cuerpo y me empuja a correr con más fuerza. Suelto el revólver y me aferro al teléfono para seguir iluminando mi camino. Atravieso el pequeño pasillo de pared amarilla y doy vuelta hacia los azulejos. Entonces la ventana detrás de mí estalla en pedazos por Martina, que la atraviesa y se estira para tomarme del cuello de la camisa. Mi fuerza gana y ella me suelta, pero ambos caemos al suelo.
        Me levanto a toda prisa, dejando atrás mi celular. Sólo debo seguir la luz de la calle. Pero los pies descalzos de Martina me siguen; escucho sus manos apoyarse en los azulejos para impulsarse mientras gime de forma gruesa y carraspeada, jadeante y molesta, casi como un animal rabioso. Yo sigo corriendo, pero el pasillo no termina. Lo que antes parecía un recorrido de sólo diez pasos, es una eternidad aún con toda mi prisa. Suelto un grito, desesperado. ¡¿Qué putas pasa?!
        Por un momento siento la salida más cerca que nunca. Me impulso y salto al frente intentando atravesar el umbral, pero las uñas de Martina se aferran a mi tobillo y me obliga a caer con fuerza, azotándome a un metro de mi escape. Siento como su cuerpo se coloca sobre mí. Me volteo para detenerla. Me rasguña los brazos mientras grita. Veo que no tiene ojos, sólo dos cuencas vacías, tan negras como este pasillo. Libero mi brazo de sus garras y alcanzo el pedazo de ladrillo. Un golpe certero en la sien la hace caer momentáneamente a un lado. Retrocedo y golpeo dos veces más su cabeza, luego me levanto como puedo y salgo a la calle, cerrando de un portazo la entrada a aquél lugar desquiciado.
        Me dejo caer al suelo, las heridas me arden y la del tobillo me dificulta mantenerme en pie. Maldita sea… ¿Qué carajos fue eso? ¿Qué puto lugar era ese? No puedo evitar soltar un quejido de dolor y miedo. Entonces, una luz se enciende en la casa de al lado. Una mujer se asoma por una ventana y se marcha. La puerta se abre y sale un hombre en pijama.
        –¿Estás bien? Oye, ¿qué te pasó? –Pregunta tomando su distancia.
        –Llame a la policía, por favor. –Le digo.
        Se acerca a su puerta y le dice a la mujer de antes que llame a la policía. Alcanzo a escuchar que pide que me ayude a entrar. El sujeto me asiste para levantarme y me guía al interior de la casa.
        –Sí, toda la cuadra dice que ahí vive una bruja. –Comenta el hombre mientras termina de vendar mi tobillo.
        –¿Qué hacías ahí a estas horas? –Quiere saber la mujer.
      –Tenía que darle una noticia urgente. Su nieta está en el hospital. Pero creo que no recibió bien el mensaje.
        Ella se cruza de brazos.
        –Esa mujer está loca… Nunca la hemos visto.
        –¿Y a los demás habitantes de la vecindad?
        –Por lo que tenemos entendido –comienza a explicar el hombre –, sólo ella vive ahí, y nadie más.
        –Pero, yo vi a otras dos personas ahí. ­–Respondo.
        –Bueno, quizá nos equivocamos. –Replica el sujeto. Luego suspira. –Deja subo por una chamarra para ti, compa. Hace frío.
        La mujer y yo nos quedamos solos en la sala. La policía está por llegar y no sé qué explicación voy a dar. Pedirles que llamaran fue muy precipitado de mi parte. El ardor en mi tobillo y brazos me distrae; suelto un pequeño quejido.
        –Ten, para el dolor. –La mujer me ofrece una pastilla con un vaso de agua. –Es paracetamol. Seguro ayuda.
        Tomo el medicamento y recargo la cabeza en el sillón. Puta madre, ¿qué voy a hacer?
        –Pinche noche de locos. –Digo.
        –No me imagino. –Dice ella. –Tienes suerte de que trabajamos hasta tarde.
        El dolor desaparece, pero con eso viene un leve cosquilleo en mis manos.
        –Sí. Muchas gracias. –Le digo. Siento la lengua adormecida. –¿Cuál es tu nombre?
        –Lucía.
        ¿Qué dijo? Ese nombre…
      Mi vista se nubla, mi cabeza se siente pesada… Debo salir de aquí. Pero al intentar levantarme, caigo de cara al suelo.
        –Bueno, al menos tendrán comida para ocho días. –Escucho decir al hombre. Se escucha muy lejos, como si hablara al final de un túnel.
        En un parpadeo, veo la puerta del pasillo alejarse mientras me arrastran a la penumbra.
        Otro parpadeo y estoy colgado de cabeza en la oscuridad.
        Un parpadeo más y luego cierro los ojos para siempre.


Comentarios

  1. No no puede ser, 🥶 me atrevo a decir que es de los mejores giros que he leído, la forma en la que escribes realmente te hace vivir el personaje, yo sentía la misma necesidad de salir corriendo del pasillo. Lo que más me gusta es el hecho de como cuentas que nació esta historia, si bien muchas veces tengo la idea de que para hacer un buen relato debes irte a mundos lejanos, y crear personajes llamativos. Creo que este ejercicio de hacer todo desde "lo cotidiano" hace que sea en mi opinión muy valioso. Pero obviamente no se podia esperar menos de un gran artista. Felicidades. 🫰

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    1. Muchas gracias!! Me alegra que te gustara y te sintieras inmerso en la historia :3

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